Javier Milei, en Davos: «Maquiavelo ha muerto».
El presidente Javier Milei comenzó su discurso en Davos afirmando de modo categórico que «Maquiavelo ha muerto« y citando un trabajo de Jesús Huerta de Soto.
Nicolás Maquiavelo (Niccolò di Bernardo dei Machiavelli) fue un diplomático, filósofo político y escritor italiano del Renacimiento. Asimismo, el autor es considerado el padre de la Ciencia Política Moderna.
Entre sus obras más representativas se encuentra El príncipe, la cual es una de las primeras de carácter político de la Modernidad. Nació el 3 de mayo de 1469 en una pequeña localidad cercana a Florencia en el seno de una familia relativa a la nobleza, aunque empobrecida.
Aunque de su juventud se conocen pocos datos se sabe que durante esta etapa tuvo una educación humanística. El legado de Maquiavelo ha tenido una gran influencia en el pensamiento político posterior y ha conseguido resistir al paso del tiempo.
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Milei y “El Príncipe” de Maquiavelo
El concepto de realpolitik se refiere a la priorización de resultados prácticos y del poder efectivo por sobre principios normativos. Aunque el término fue acuñado por Ludwig von Rochau, sus fundamentos se remontan a Nicolás Maquiavelo, quien en El Príncipe brinda un manual práctico sobre cómo conquistar, conservar y ejercer el poder político en contextos reales, especialmente en inestabilidad. A diferencia de la tradición filosófica clásica, desde Platón y Aristóteles, basado en cómo debería ser un gobernante justo, Maquiavelo propone una guía realista fundada en experiencias históricas y bajo la visión de una naturaleza humana egoísta, instintiva y dualista.
En este sentido, mientras gran parte de la política argentina permanece atrapada en un moralismo superficial o en una lógica corporativa estancada, el gobierno de Milei representa una relectura práctica de los fundamentos de la realpolitik. Lejos de la caricatura del político cínico, Maquiavelo apunta a una comprensión aguda de los límites del poder, la fragilidad de los consensos y la necesidad de actuar con decisión y audacia en escenarios de crisis.
Así, el libertarismo político de Milei expresa, más que cualquier otro proyecto político argentino desde la recuperación democrática, una política coherente con la tradición realista, estratégica y orientada a resultados, entre los cuales habiendo bajado significativamente la inflación, emerge como necesidad urgente e insoslayable la recomposición del poder adquisitivo de la población para garantizar la eficacia social y económica del gobierno.
Los partidos tradicionales, demostrando excepcional flexibilidad ideológica, se han sostenido en redes de mediaciones clientelares, privilegios gremiales y simulacros de justicia social. La Libertad Avanza, habiendo enfrentado a esos partidos, plantea una ruptura profunda con ese orden de compromisos implícitos. El cálculo político de Milei no busca conservar equilibrios inestables, sino transformar radicalmente estructuras disfuncionales. Como El Príncipe, Milei asume que las reformas verdaderas no se alcanzan con pactos tibios, sino con gestión frontal, directa y valiente, asumiendo costos, resistencias y, si es necesario, enemigos.
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Nicolás Maquiavelo fue filósofo político y escritor italiano del Renacimiento.
Maquiavelo expresó sin rodeos que todo príncipe nuevo que se eleve al poder debe estar dispuesto a romper con el orden heredado, porque éste resistirá con fuerza cualquier intento de cambio. Por ello, Milei ha renunciado a la tentación de cooptar el sistema político tradicional con alianzas espurias o concesiones tácticas. Su negativa a pactar con gobernadores o legisladores prebendarios, su decisión de confrontar directamente la corrupción sindical, los gerentes de la pobreza, los sistemas encubiertos de financiamiento político universitario, medios y periodistas sobornables o plumas mercenarias, y su búsqueda de poderes excepcionales no son señales de autoritarismo, sino estrategias racionales para ejercer liderazgo en un sistema que históricamente penaliza la honestidad y premia la hipocresía.
Lejos del doble discurso de otros quienes prometen cambios sin tocar privilegios, Milei ha puesto en escena un conflicto abierto, visible y deliberado. Ha comprendido, como Maquiavelo, que la política no es un espacio de armonía sino de antagonismos. La “casta”, los “planeros”, los “medios ensobrados” y los “gobernadores feudales” no son sólo etiquetas retóricas, sino construcciones políticas para mostrar que no hay neutralidad en el poder, y que todo proyecto de cambio profundo debe identificar a quienes se benefician del statu quo.
Si bien estos peligros deben ser seriamente atendidos, evitándolos o minimizando daños, ¿qué otra opción existe cuando el Estado es una completa estructura corrupta al servicio de quienes viven de él y no de quienes lo sostienen? La apuesta de Milei, lejos de ser nihilista, es la de un realista con vocación fundacional. Al igual que el Maquiavelo de El Príncipe, aplica la necesidad de tener adversarios para unir al pueblo en un “nosotros” contra un “ellos” parasitario, conforme al antagonismo que Carl Schmitt definió como esencia de lo político. Y como el Maquiavelo de Los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, defiende la república y su refundación mediante la purga de elementos corruptos que causan decadencia y desestabilidad, aun a costa de una etapa inicial turbulenta. Nadie funda un nuevo orden sin atravesar el desorden.
Milei sigue a Maquiavelo en su concepción del liderazgo como ejercicio dinámico y necesario de una voluntad decidida en contextos complejos y con un orden obsoleto y corrupto, cuya cultura es complaciente con la mediocridad y la transacción. Así como el príncipe virtuoso es aquel capaz de adaptar sus medios a los fines y circunstancias sin diluir su autoridad, Milei no teme imponer una agenda disruptiva, pero imprescindible, para romper con la inercia histórica y recuperar la soberanía del mandato popular.
Por ello, el verdadero problema no está en el estilo o la forma discursiva, sino en la capacidad del sistema para acompañar, o al menos no sabotear, una transformación de magnitud. Si Milei logra sostener el equilibrio entre audacia y eficacia, su gobierno podría inaugurar un ciclo institucional inédito para Argentina. Si, por el contrario, el sistema logra fagocitarlo con bloqueos sistemáticos, será la oportunidad perdida de toda una generación.
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