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A 50 años del regreso de Perón: apenas vuelto al país, el viejo General fulminó a Montoneros

“Eso de que Perón decía lo que los demás querían escuchar, en el fondo encubría una conclusión. Que Perón engañaba. Yo digo que no engañaba nada. Bien escuchado, decía siempre lo que pensaba. ¿Hablaba de socialismo nacional? Sí, hablaba… pero siempre decía que el ‘socialismo nacional’ era el justicialismo. Se confundió el que quiso confundirse”. (Juan Manuel Abal Medina padre, secretario general del Movimiento Justicialista en los años 70, figura clave en el primer regreso de Perón, Clarín, 16 de noviembre de 2022)

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El 20 de junio de hace 50 años, el Boeing 387 Betelgeuse de Aerolíneas Argentinas, traía a Juan Perón al país, en su retorno definitivo. Héctor Cámpora, su delegado personal, había asumido la presidencia de la Nación hacía menos de un mes, luego del arrollador triunfo electoral del 11 de marzo. Era un día de fiesta popular y de liturgia peronista, pero terminaría siendo una jornada más vecina a la tragedia, recordada como “la masacre de Ezeiza”, en alusión a los enfrentamientos a tiros entre peronistas, con un saldo estimado en 13 muertos y 365 heridos. El historiador Félix Luna diría que “muy probablemente las víctimas fatales hubieran llegado al centenar”. Bandas de izquierda y de derecha que entendían y sentían a Perón de maneras antagónicas decidieron jugar a la muerte frente a una multitud cautiva del pánico.

De un lado veían al jefe como aquel de los tiempos de gloria en el poder, entre los años 40 y 50. Magnánimo con las grandes mayorías de su feligresía, a las que había dado protagonismo histórico y elevado sus estándares de vida. Autoritario, severo y poco compasivo con la oposición. Del otro, los más jóvenes, en cambio, lo imaginaron como un héroe socialista que tocaba otra música, acorde a los vientos que cruzaban el continente a partir de la revolución cubana.

Quizá porque no conocieron al otro, construyeron uno a gusto de su paladar ideológico. Lo creyeron subordinado a la palabra querellante de Evita y a la cruzada del Che, en la convicción de que la lucha armada era el nuevo y árido lenguaje de la política. Unos lo veneraban aún como aquel del exilio, el “gran conductor” y “el primer trabajador”, definido en la Marcha que la voz de Hugo del Carril hizo por décadas un himno identitario. Para otros, “los soldados de Perón”, que nutrían la nueva y rebelde clientela política, era simplemente “el Viejo”. Quizá había más desdén que afecto en ese bautismo que sería lenguaje habitual de la izquierda peronista de los años 70.

El Perón que llegaba de regreso medio siglo atrás para ser perplejo testigo de la sangre derramada entre quienes mataban y morían en su nombre, ya no era ni una cosa ni la otra. Lo dejó bien en claro en dos discursos consecutivos. Improvisada y breve, el mismo día 20 a la noche, su palabra honraría únicamente a los peronistas movilizados desde el interior del país y se disculparía ante la sociedad por la guerra fratricida de los bandidajes armados. Al día siguiente, lanzaría un mensaje meditado, preciso y demoledor. No se guardó nada: con esa filípica inclinaría la balanza en favor del peronismo tradicional. Fue el bautismo de una larga serie de diatribas que dispararía en la misma dirección, en contra de las aspiraciones juveniles y de la militancia armada que se había empeñado en convertirlo en tótem de una revolución socialista, más afín con el marxismo que con el justicialismo de cuna primera.

La icónica foto de la masacre de Ezeiza. la derecha y la izquierda peronista peleando por copar el saldo. Oficiallmente, la jornada dejó 13 muertos. Foto Horacio Villalobos/UPI

La icónica foto de la masacre de Ezeiza. la derecha y la izquierda peronista peleando por copar el saldo. Oficiallmente, la jornada dejó 13 muertos. Foto Horacio Villalobos/UPI
Sin embargo, el registro histórico y periodístico del retorno definitivo pondría su mirada más en la refriega con gusto a pólvora que en las definiciones de alto voltaje político que Perón ya venía rumiando desde el triunfo de su delfín Héctor J. Cámpora. Al flamante presidente de la República, Perón lo destrataría a gritos ese mismo día 21, en una improvisada cumbre ministerial en Olivos, disgustado por el rumbo caótico del gobierno. El titular del Interior, Esteban Righi, no había sido invitado. De alguna manera había estado: fue el blanco de las críticas del dedo acusador de Perón, quien lo responsabilizaría por el descontrol de la inseguridad en el país, más allá de los desórdenes de Ezeiza.

La mañana anterior, la de la caótica llegada, según fuentes diversas se habían movilizado más de dos millones de personas para darle la bienvenida al caudillo renacido. Era un secreto a voces el alto riesgo de que estallase un combate por el control del palco desde donde estaba previsto que hablara el líder, ya viejo y con su corazón desgastado por décadas de fumador impenitente y por los pesares del destierro en soledad. Perón sabía que venía a morir en su tierra, en busca de un reconocimiento de la sociedad, de la clase política y de las Fuerzas Armadas.

“El General”, como se lo llamaba sin necesidad de agregar su apellido, ya era casi una leyenda, el líder del más grande movimiento de masas de la Argentina y Latinoamérica del siglo XX. Pero era algo más, que aquella “juventud maravillosa” del tiempo dictatorial nunca alcanzaría a comprender: era un soldado que anhelaba un adiós con todos los honores. No quería ser recordado como el jefe de Estado derrocado el 16 de septiembre de 1955, que cuatro días después escapaba furtivamente del país, en una cañonera paraguaya, a refugiarse transitoriamente en las tierras del dictador Stroessner. Un amargo destino parecía perseguir al general de las multitudes: venía de pasar 13 de sus 18 años de destierro en la España de Franco, el Generalísimo, que había puesto su bota autoritaria para aplastar todo disenso en España. Fue refugiado de un dictador y exiliado de otro.

Cámpora y Perón en el avión que trajo al líder de regreso al país, el 20 de junio de 1973. El primero había había llegado a la presidencia como delfín de Perón, quien lo cristicaría con dureza al llegar al país.

Cámpora y Perón en el avión que trajo al líder de regreso al país, el 20 de junio de 1973. El primero había había llegado a la presidencia como delfín de Perón, quien lo cristicaría con dureza al llegar al país.
La guerra abierta en los bosques de Ezeiza para establecer la verdadera identidad del peronismo empezaba a dirimirse a tiros aquel 20 de junio, aunque Perón ya había dado señales sobre a quiénes bendeciría. Como para que sus nuevos seguidores tomaran nota de quién era y qué quería. Desde que le había ganado la pulseada estratégica al dictador Lanusse, y consiguió colocar a Cámpora, su delegado personal, en la Casa Rosada, había trazado la línea divisoria entre la militancia justicialista histórica, heredera de la vieja Resistencia, escudada por los fieles y astutos zorros de la estructura sindical, y los jóvenes apóstatas de su doctrina, que desafiaban sus ideas, su estilo y su mando. No había dudas acerca del lado que había elegido el jefe indisputado, por más esfuerzos dialécticos de los jerarcas Montoneros para “interpretarlo”.

Con el campo de batalla aún humeante, Perón decidió entre el 20 y el 21 de junio reafirmar su autoridad con la palabra, una de sus mejores armas. Con ella pondría en caja a la juventud díscola y terminaría con el mito del “cuco socialista” construido por la cúpula de Montoneros. Firmenich, un personaje oscuro, de vuelo intelectual bajo. quien por default quedaría al frente de la organización armada, descubriría por aquel tiempo posterior al regreso del general que “tenemos muchas diferencias con Perón. La primera es que nosotros somos socialistas y él no”.

Los jóvenes en armas se acercaban a un callejón sin salida: capitulaban y reconocían el liderazgo del creador del movimiento que ellos invocaban y buscaban, en consecuencia, otras formas para asumir la reivindicación de sus propuestas en democracia, o se sumaban al infantilismo de profundizar la hipocresía de decirse peronistas mientras iban rumbo a alinearse con la estrategia de las organizaciones trotskistas y otras izquierdas insurrectas. Ya como presidente de la República, Perón definiría tiempo después con simpleza y un cuidado sarcasmo, ese acto de sinceramiento político ante un grupo de diputados de la Tendencia, un conglomerado de agrupaciones con eje en Montoneros: “El que quiere, que se saque la camiseta peronista y se ponga otra camiseta. Nosotros no nos vamos a hacer problemas por perder un voto.”

En su libro “Regreso soledad y muerte”, el investigador Julio Godio diría sobre el inevitable divorcio: “El malentendido fundamental de la izquierda argentina, peronista o marxista, consistió esencialmente en no comprender que el ascenso de las masas antidictatoriales entre 1969 y 1972 fue canalizado por dos fuerzas nacional-democráticas y reformistas: el peronismo y el radicalismo. La izquierda, ya sea por su propio origen peronista o por su infantilismo, o por ambas cosas a la vez, no pudo entender que, a partir de 1973, con el triunfo electoral del peronismo, debía modificar sustancialmente su táctica y pasar de una ofensiva frontal, válida durante la dictadura militar (1966-1973), cuando contaba con la simpatía popular, a una táctica de profundización del proceso democrático. Esa izquierda infantil subestimaba la importancia de la democracia.”

Al atardecer del 20 de junio, luego de la alerta que desde tierra había enviado el vicepresidente, Vicente Solano Lima, a la aeronave que lo traía de regreso, Perón, contrariado y con cara de pocos amigos, se había resignado a desviarse y descender en el aeropuerto de Morón. Lo haría obligado por la trifulca entre su propia tropa, pero minutos después pediría recorrer la zona de Ezeiza en helicóptero, para comprobar la magnitud de la apoteótica recepción.

Por los incidentes en Ezeiza, Perón tuvo que resignarse a que el avión que lo traía de vuelta a la Argentina aterrizara en la base militar de Morón.

Por los incidentes en Ezeiza, Perón tuvo que resignarse a que el avión que lo traía de vuelta a la Argentina aterrizara en la base militar de Morón.
A la noche, desde la Residencia de Olivos, donde Cámpora lo había invitado a alojarse, frente a los micrófonos de la cadena nacional, su expresión no había cambiado mucho. Apenas disimulaba un enojo demasiado parecido a la indignación, pero igual sentiría la necesidad de comunicarse con la sociedad al final de un día frustrante.

No tuvo grandes definiciones en esa primera pieza, pero bien leída tomó distancia de los dos bandos enfrentados y eligió reivindicar la movilización de los argentinos que habían llegado desde todo el país a recibirlo. Si los jóvenes esperaban la voz de un Perón revolucionario, deberían conformarse con párrafos que los ignoraban:

«Cuando nos acercábamos al aeropuerto de Ezeiza se dijo la noticia de que se habían invadido las pistas y de que era peligroso aterrizar allí, porque podríamos producir desgracias personales a la gente que ocupaba la pista. Eso nos obligó a desviarnos hacia el Aeropuerto de Morón y cuando llegamos ya se ocultaba el sol por el horizonte». «Me sentí impulsado a evitar nuevos desórdenes, no quise que se realizara una concentración de noche, en una zona oscura como el aeropuerto, y decidí prescindir de la oportunidad de hablar en ese momento, con todo sentimiento, pensando en toda esa pobre gente que desde tan lejos había ido a Ezeiza para darme una bienvenida que me hacía inmensamente feliz: la de los jujeños, la de los salteños, los misioneros, los chaqueños, los formoseños, los del oeste, los del este y del sur del país que se habían llegado hasta allí por todos los medios y con grandes sacrificios. Les pido mil disculpas”. Al margen de ese protocolo de urgencia, forzado por las circunstancias, Perón advirtió que al día siguiente sus palabras ya no serían las de un hombre agradecido por haberse visto arropado en su retorno por un inmenso fervor de multitudes agradecidas. Cerraría sus palabras con un mensaje claro, fronterizo entre la advertencia y la amenaza. Lo mejor de su palabra aún no se había escuchado:

«Yo ya estoy amortizado en el sentido político y creo que tengo derecho a que mis compañeros escuchen cómo pienso, cómo siento y cuál será la colaboración que he de prestar al Gobierno de la Nación, por todos los medios en los que sea capaz de actuar. Estas palabras, quizá aclaren la razón de mi viaje». El 21 a la noche, cuando todos los focos seguían encendidos en torno a “la masacre de Ezeiza”, la metralla verbal del viejo guerrero político sonaría tremenda a los oídos de millones de jóvenes orgullosos de haberse enfrentado a la dictadura, quienes debieron escuchar cosas como estas:

«Conozco perfectamente lo que está ocurriendo en el país. Los que crean lo contrario se equivocan. Estamos viviendo la consecuencia de una posguerra civil que, aunque desarrollada embozadamente, no por eso ha dejado de existir. A lo que se suma las perversas intenciones de los factores ocultos que desde la sombra trabajan sin cesar tras designios no por inconfesables menos reales». «El Movimiento Peronista, que tiene una trayectoria y una tradición, no permanecerá inactivo frente a tales intentos. Y nadie podrá cambiarlas a espaldas del pueblo, que las ha afirmado en fecha muy reciente. Y ante la ciudadanía que comprende también cuál es el camino que mejor conviene a la Nación Argentina, cada uno será lo que deba ser o no será nada». «Los peronistas tenemos que retornar a la conducción de nuestro movimiento. Ponerlo en marcha y neutralizar a los que pretenden deformarlo de abajo o desde arriba. Nosotros somos justicialistas. Levantamos una bandera tan distante de uno como de otro de los imperialismos dominantes. No creo que haya un argentino que no sepa lo que ello significa. No hay nuevos rótulos que califiquen a nuestra doctrina, ni a nuestra ideología: somos lo que las veinte verdades peronistas dicen. No es gritando ‘la vida por Perón’ que se hace patria, sino manteniendo el credo por el cual luchamos». «Los viejos peronistas lo sabemos. Tampoco lo ignoran nuestros muchachos que levantan banderas revolucionarias. Los que pretextan lo inconfesable, aunque cubran sus falsos designios con gritos engañosos, o se empeñen en peleas descabelladas, no pueden engañar a nadie. Los que no comparten nuestras premisas, si se subordinan al veredicto de las urnas, tienen un camino honesto que seguir en la lucha que ha de ser para el bien y la grandeza de la Patria. No para su desgracia». «Los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro movimiento o tomar el poder que el pueblo ha reconquistado, se equivocan. Ninguna simulación o encubrimiento por ingeniosos que sean, podrán engañar a un pueblo que ha sufrido lo que el nuestro, y que está animado por una firme voluntad de vencer. Por eso, deseo advertir a los que tratan de infiltrarse en los estamentos populares o estatales, que por ese camino van mal. Así aconsejo a todos ellos, tomar el único camino genuinamente nacional: cumplir con nuestro deber de argentinos, sin dobleces ni designios inconfesables. Nadie puede ya escapar a la tremenda experiencia que los años, el dolor y los sacrificios han grabado a fuego en nuestras almas para siempre». «A los que fueron nuestros adversarios, que acepten la soberanía del Pueblo, que es la verdadera soberanía, cuando se quiere alejar el fantasma de los vasallajes foráneos, siempre más indignantes y costosos. A los enemigos, embozados, encubiertos o disimulados, les aconsejo que cesen en sus intentos, porque cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento. Dios nos ayude, si somos capaces de ayudar a Dios. La oportunidad suele pasar muy quedo. ¡Guay de los que carecen de sensibilidad e imaginación para percibirla!» Las definiciones de Perón, a nada de haber tocado suelo argentino, si bien tajantes como pocas veces hasta entonces, habían tenido antecedentes. Rastros y huellas inequívocas de una discordia subterránea. En plena dictadura, por ejemplo, un enviado de Lanusse a Puerta de Hierro, el coronel Francisco Cornicelli, pretendía una declaración del jefe peronista en el exilio contraria a los crímenes de la guerrilla, que se sucedían casi a diario en la Argentina.

La respuesta de Perón fue drástica: “Van a seguir matando si ustedes les dan motivos”. El emisario reaccionó de mal modo: “¿Pero usted comprende que ellos dicen que matan en su nombre…?” Perón cortaría la conversación en seco: “Usted se equivoca. No tengo el poder de controlarlos”. Al revés: con la dictadura en el gobierno, el creador del peronismo hacía guiños que alentaban a los jóvenes levantiscos. Alguna vez diría: “Si yo tuviera 20 años menos también andaría tirando bombas por ahí”. Tan cierto como que, ya con la democracia recuperada, los convocaría a “arremangarse para la reconstrucción de la Patria”.

Apoyos y desaprobaciones, básicamente, como han dejado constancia estudiosos e investigadores de distintas corrientes, en su tiempo final el caudillo procuraba evitar que la izquierda revolucionaria agrupada en las doctrinas marxistas, fuesen trotskistas, guevaristas o maoístas, terminara por conquistar a los jóvenes guerreros peronistas que habían desestabilizado a la dictadura y pavimentado el camino para contribuir al regreso “del General” a recuperar glorias perdidas.

Aun así, nadie podría evitar los vientos de divorcio, que soplaban con fuerza creciente. Las diferencias se profundizarían luego del rotundo triunfo en las urnas del 11 de marzo, sin Perón de candidato, pero como innegable factótum de la victoria. Firmenich creyó que él y sus huestes habían llevado a Cámpora a la Rosada. Esos desacuerdos se agudizarían luego de la asunción del 25 de mayo, en particular con la liberación de los presos en el penal de Devoto.

Abal Medina, el hombre más cercano y de más confianza del General en aquellos tiempos, cuenta en su libro “Conocer a Perón” que el jefe peronista solía quejarse de Cámpora y de Righi, el joven ministro del Interior, responsable político del gobierno. Al parecer, Perón usaba palabras concurrentes para caracterizar a la Argentina de aquellas jornadas incendiarias. Desorden, desastre y caos. Peor aún: el escritor Juan Bautista Yofre asegura que el desprecio de Perón por la gestión camporista era tal que habría llegado a decirle al periodista Armando Puente que el gobierno de Cámpora “está lleno de putos y marxistas”. Ninguna otra fuente cita semejante improperio, aunque Yofre asegura que Puente lo habría grabado.

Como presidente electo, Cámpora había decidido viajar en abril al encuentro de Perón para “ofrecerle la victoria al General”. Algunos asegurarían que había llevado la banda y el bastón de mando para dejarlos en sus manos. Con algún parentesco de ocurrencias, Firmenich recurriría, no ya a la vulgaridad obsecuente del flamante jefe de Estado, sino a la provocadora causticidad: le habría ofrecido a Perón la pistola con la que habían ejecutado a Aramburu, crimen que Perón había aprobado en su momento para luego distanciarse de esa ejecución fundacional de Montoneros. Perón rechazaría ambos convites con la astucia de un veterano de mil batallas, que intuía otras por delante.

Al parecer, fue el propio jefe del movimiento quien dispuso que el encuentro con Cámpora se realizara en Roma y no en Puerta de Hierro, Madrid, donde residía. No quería arruinar la hospitalidad de Franco ni incomodarlo organizando una reunión política con el presidente electo de la Argentina en tierra española. Esos encuentros tuvieron lugar en el Hotel Excelsior de la venerable capital italiana, en el codo de vía Véneto, que había cambiado sus discretos aires aristocráticos y cierto recato diplomático propio de una “zona de embajadas”, por las luminarias estelares del cine y el bullicioso trajinar de los paparazzi a partir de la “Dolce Vita”, el filme emblema de Federico Fellini. Allí, en sucesivas reuniones, se empezaría a decidir el gabinete del primer gobierno justicialista luego del golpe de 1955. Los borradores de nombres y funciones serían finalizados en Puerta de Hierro, en otro viaje de Cámpora, esta vez a Madrid, pocos días antes del regreso con Perón a la Argentina, que ahora se evoca.

Hasta Roma también se había llegado la cúpula montonera para conocer cara a cara al general, por quien habían mandado a luchar y matar a jóvenes universitarios, obreros, profesionales de clase media, empleados, militantes entrenados en las artes del combate, hasta formar un ejército considerable. El periodista Ceferino Reato, en su libro “Los 70/La década que siempre vuelve” contaría una anécdota sobre esa primera cita, que no tendría el encanto de un romance naciente. Todo lo contrario.

-General, yo soy Mario Firmenich, oficial superior de Montoneros.

-Yo soy Roberto Perdía, oficial superior de Montoneros.

-Y yo, Roberto Quieto, también oficial superior de Montoneros.

-Bueno, encantado. Yo soy Juan Domingo Perón, general del Ejército Argentino.

Memorable.

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