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China se ve obligada a unificar su mercado interno sobre la alta productividad

Por

Jorge Castro

Analista Internacional

El comercio internacional de China (exportaciones + importaciones) ascendió a US$6,1 billones en 2022, el mayor del mundo; y por segundo año consecutivo su principal socio comercial fue el mercado constituido por los 10 países de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) que son: Indonesia, Vietnam, Birmania, Brunei, Camboya, Laos, Malasia, Filipinas, Singapur, y Tailandia, en vez de la Unión Europea (UE), como lo fue en los 20 años previos, desde el ingreso de la República Popular a la OMC (Organización Mundial de Comercio) en 2001.

De esta forma la Zona de Libre Comercio que han constituido China y la ASEAN desde 2008 es el mayor espacio integrado de la economía mundial, solo comparable con el nuevo NAFTA (USMCA) forjado por EE.UU., México y Canadá a impulso de Donald Trump, que es la manifestación más avanzada de la integración global del capitalismo, sustentada en la inversión, la alta tecnología, y la innovación, y que actúa sobre la premisa de la sinonimia salarial dentro de la región y busca permanentemente el arancel cero.

En términos geopolíticos, la conversión de China en el principal socio comercial de la ASEAN, abandonando la relación privilegiada que tuvo con la Unión Europea, indica con nitidez la tendencia central de la época, que es el traslado del eje de a la acumulación capitalista global de los países avanzados a los emergentes, de Occidente a Asia, primordialmente a China.

El aspecto estrictamente económico de este fenómeno es la extraordinaria capacidad productiva y competitiva de las exportaciones de la República Popular.

A partir de 2001 (ingreso a la OMC), las exportaciones chinas comenzaron a crecer 30% anual, tres veces más que el nivel de expansión del producto; y son obra fundamentalmente de las grandes empresas transnacionales radicadas en China y que desde allí venden al mundo.

Estas grandes compañías transnacionales disponen de un nivel de productividad equiparable al más avanzado, pero que es 3 o 4 veces superior al nivel nacional y solo tienden a converger con un sector entonces reducido del sistema productivo de la República Popular que es la “economía digital”.

Ahora, la productividad de las transnacionales exportadoras y la de la “economía digital” prácticamente se ha fusionado; y esto ocurrió en 2008/2009, cuando se produjo la crisis financiera internacional en que el eje del mundo pasó del Este al Oeste, de Occidente al Asia.

En ese mismo momento, China inició uno de los más grandes giros económicos de su historia, y dejó de crecer sobre la base de la inversión y el comercio exterior para expandirse fundado esencialmente en el consumo doméstico; y al tiempo que establecía la prioridad absoluta en el mercado interno, resolvía integrarlo completamente con el capitalismo más avanzado y el sistema mundial.

Allí surgió una nueva forma de “dualismo estructural”, propio del capitalismo del siglo XXI.

China se encontró con que solo 40% de su producto integra la “economía digital”, que es por donde tramita la digitalización completa de la manufactura y los servicios que es la Cuarta Revolución Industrial (CRI).

Este sector se expande siguiendo la “productividad de todos los factores”, que es la innovación, en tanto que el 60% restante se rige por la productividad del trabajo, que es lo característico de la economía industrial.

La República Popular prevé iniciar en 2035 el periodo absolutamente decisivo previo a la construcción del “Sueño de Rejuvenecimiento del Pueblo Chino”, que se instauraría en 2050, y que implica la restauración del “Imperio del Medio”, que fue el eje del sistema mundial durante más de 5.000 años de historia.

Esto sucede mientras se exacerba la puja geopolítica con EE.UU., que a su vez experimenta una profunda crisis política, con visos de vacío de poder en la Casa Blanca.

En la estimación de la conducción china – presidente Xi Jinping – esta es una etapa histórica extremadamente riesgosa debido al debilitamiento político extremo que enfrenta el contendiente geopolítico y que torna muy difícil, sino imposible, acordar.

En estas condiciones, incluso un pequeño incidente puede escalar de forma inmediata con consecuencias extremadamente críticas, incluso letales. De ahí la situación de grave y constante incertidumbre.

Por su parte la República Popular se ha fortalecido notablemente en los últimos 10 años, con un creciente, significativo, e inequívoco posicionamiento geopolítico a escala global.

Lo que ocurre es que, sin resolver y superar el “dualismo estructural” que ha aparecido en su mercado interno, con 40% del producto volcado a la “economía digital” y 60% fuera de ella, no hay realización del “Sueño de Rejuvenecimiento del Pueblo Chino” posible.

En ese caso el esfuerzo de los últimos 200 años de revertir las décadas de humillación y oprobio de la Gran Nación China – el eje del mundo durante 5 milenios – se habría frustrado, y eso es algo que el pueblo chino no puede permitir, y ciertamente no lo hará.

Esto hace que el terreno de batalla fundamental sea en los próximos 10 años una tremenda revolución tecnológica, científica, y productiva que unifique el mercado interno de China.

Todo indica que esto es lo que va a ocurrir.

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