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La evolución de ‘Actuar para Vivir’ al ‘Odiar para Vivir’: un análisis de la cultura digital

Un recorrido desde la canción de Fito Páez y Juan Carlos Baglietto hasta las dinámicas actuales de las redes sociales, donde el conflicto y la indignación se han convertido en motor de interacción.

La cultura analógica tenía límites, pero conservaba la posibilidad de empezar y terminar una función. Hoy, el algoritmo exige reacción constante. Atravesando la guerra de Malvinas, cuando las radios sólo pasaban música en castellano y los rockeros juntaban multitudes en el Festival de la Solidaridad Latinoamericana o en la cuarta edición del B.A.Rock, la figura de Juan Carlos Baglietto, y su música, conquistaron a una generación.

Tras su consagración en el Festival de La Falda, al frente de la llamada “Nueva Trova Rosarina”, irrumpió con una fuerza inesperada. En menos de un año editó dos discos que marcaron una época y dejaron canciones inolvidables como Mirta de Regreso, Era en Abril o La vida es una moneda. A su alrededor explotó una generación de músicos extraordinarios -Fito Páez, Rubén Goldín, Silvina Garré, entre otros- que renovó la sensibilidad y el lenguaje del rock argentino.

Eso ocurre con Actuar para Vivir, la canción compuesta por Páez que da nombre al segundo disco, que el público recibió con los brazos abiertos. Escuchar el tema hoy produce una sensación extraña. Si bien mantiene vigencia, parece provenir de un mundo culturalmente lejano. La canción nació en un ámbito analógico, donde era posible subir y bajar un telón, existían escenarios y plateas claramente delimitadas.

En aquella Argentina donde la dictadura se derrumbaba y empezaba la transición democrática, “actuar” tenía múltiples significados: podía ser protección, disimulo y una forma de atravesar el sufrimiento; pero también adaptabilidad y supervivencia. Varias décadas después, esa lógica parece haber quedado atrás. El mundo digital exige disponibilidad continua. Las redes sociales y la hiperconectividad demolieron las fronteras convencionales: todos somos simultáneamente autores, actores, espectadores, comentaristas y mercancía, sobre un escenario permanente.

Estamos impulsados a opinar, reaccionar y multiplicar contenidos, dentro de sistemas diseñados para capturar atención instantánea. Y pocas cosas atraen más que el conflicto. Aun cuando las redes deberían permitir ampliar las voces, en ellas la indignación puede más que la curiosidad. La humillación, la agresividad o el resentimiento producen más circulación que la moderación. El enojo y la burla fidelizan usuarios. El antagonismo incrementa interacciones.

El odio, hace tiempo que dejó de ser una pasión para convertirse en un insumo. Existen hoy verdaderos ecosistemas económicos, sociales o políticos creados a partir del resentimiento. Medios de comunicación, dirigentes políticos, influencers, streamers y consultores usan al conflicto irreductible como combustible. La antigua frase de Páez y Baglietto parece haber mutado a odiar para vivir.

Los grandes actores de la cultura digital tienden a diseñar sistemas binarios que acotan la reflexión, sortean las posiciones intermedias y premian la simplificación. Cada debate exige posicionamiento inmediato. El odio, así presentado, reduce la realidad a pocas opciones y produce sentido instantáneo, erosionando gradualmente la convivencia. Nunca hubo tantas posibilidades tecnológicas de comunicación y, sin embargo, nunca pareció tan difícil construir entendimientos públicos genuinos.

Quizás por eso volver a escuchar Actuar para vivir produce una profunda emoción y sirve de antídoto frente a los oscuros tiempos que transitamos. Pertenece a una época donde todavía parecía posible distinguir entre vida y representación, y donde la sociedad conservaba la esperanza de encontrarse, alguna vez, fuera del espectáculo.

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