InicioSociedadLeer mal, leer mejor: un malentendido feliz en la enseñanza

Leer mal, leer mejor: un malentendido feliz en la enseñanza

Un recorrido por las clases inaugurales de un profesor cordobés que, inspirado en los ensayos de Alan Pauls, propone una lectura oblicua que desafía la comprensión banal y celebra los equívocos.

En los últimos años, las clases inaugurales del docente comienzan con “acertar”, un ensayo muy breve incluido en Trance. Allí, Alan Pauls muestra que el acto de leer entraña mucho más y mucho menos que la banal comprensión, y discute la fantasía de que si uno da en el blanco (lee bien) puede descubrir qué quiso decir el autor, como si los autores quisieran decir algo. Dar en el blanco implica que existe un blanco previo al cual acertar, pero Pauls aclara: “El sentido nunca es un punto quieto –la presa que una mira telescópica congela por el mero hecho de apuntarle– sino un rastro o una sombra, algo que no existe antes, ni siquiera en el antes del deseo del cazador, algo que nace y se hace y deshace en el encuentro entre un texto y un deseo de leer”.

En una de esas primeras clases, después de la puesta en común sobre el ensayo, el profesor consultó si alguien conocía al escritor. Supuso que, como de costumbre, a causa de la indiferencia o la timidez, los estudiantes se abstendrían de responder afirmativamente; sin embargo –también como de costumbre– se equivocó. Una joven levantó la mano y dijo: “Sí, lo conozco” y mencionó “El escarabajo de oro”. Sospecha que a Alan Pauls le habría gustado ser confundido con Allan Poe, menos por la trascendencia universal del nombre que por el simpático malentendido.

En la última primera clase, apenas unas semanas atrás, el profesor hizo un pequeño viraje y eligió otros dos ensayos breves, publicados en Alguien canta en la habitación de al lado: el primero y el último, “Leer” y “Lenguaje”, casi como si fueran Bouvard y Pécuchet. Leer en voz alta “Leer” suscitó en los estudiantes una emoción distinta a las que suelen producir las desventuras amorosas del héroe; esta vez, esa emoción provenía de un ensayo corto y complejo sobre los extraños practicantes de la lectura: si nos convertimos en lectores es porque fuimos leídos por otros (“leer es haber sido leído”), sean padres, tíos o abuelos.

“Lenguaje”, en cambio, empieza así: “No me gustan los mimos”. Leída en soledad, la frase parecía admitir un solo sentido, pero al conversar en clase surgieron los cruces entre los mimos que da una madre o un novio atento y los payasos silenciosos que pretenden tocar con sus manos una verdad. Gracias a la duplicación semántica el profesor advirtió que para enseñar se puede prescindir de la trampa pedagógica, pero no de un texto impulsado por la pasión de leer mal, a contracorriente, de manera oblicua.

Así como en la Universidad se trata de formar lectores, el docente se formó como lector por culpa de Pauls, con la cadencia y el ritmo de sus frases, una música capaz de enrarecer hasta el cielo más diáfano. Es cierto, sin embargo, que no estaría en condiciones de decir qué le enseñó, si no fuese por un episodio que expone lo que no se puede decir. 29 de agosto de 1997. Jornadas Félix Guattari en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Alan oficia de panelista. Habla de Guattari y de sus dificultades para separarlo del dispositivo Deleuze-Guattari. Luego de la intervención llega la hora del público. Pide la palabra un hombre mayor, seguro de sí, que pregunta, tras una larga introducción, medio burlona, cuál es el aporte de Guattari a la filosofía. Alan agarra el micrófono, se acomoda en la silla, y dice que no sabe bien cuál es el aporte, que no lo piensa en esos términos, pero… leyendo el dispositivo Deleuze-Guattari, lo que percibe es aire fresco en el pensamiento. Y con la mueca clásica de Alan cuando dice sus travesuras, concluye: “Es eso… un viento… un vientito… un vientito”.

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