A Pedro Delgado lo llamaron al móvil cuando acababa de desayunar en un hotel a pocos metros de la salida de la última etapa de la Volta. “Viene Iniesta”, le dijeron. Trató la organización que el mito azulgrana cortase la cinta de salida con auténtico sabor a Tour, porque allí estaba Christian Prudhomme, director de la ronda francesa, la prueba que saldrá de la misma Barcelona el próximo 4 de julio.
Qué Jonas Vingegaard iba a ganar la Volta estaba escrito de antemano; la etapa final se disputaba sin nada que decidir en la general y todos pendientes del último toque de raza de Remco Evenepoel. Pero, en eso, con discreción, sin hacer ruido y prácticamente inadvertido en su llegada, apareció Iniesta. Y no lo hizo en calidad de exfutbolista, ni de nuevo seguidor del ciclismo, sino porque él es el propietario del equipo NSN.
Tanta suerte le dio a su escuadra que bien podía pronunciarse la frase de llegó, vio y venció. Porque no era nada fácil que, en la meta, en el esprint de una etapa que hace tres años ganó Evenepoel; dos, Tadej Pogacar y uno, Primoz Roglic -vaya trío-, triunfase un hombre de Iniesta, un australiano de nombre Brady Gilmore, y que logró en Montjuïc la victoria de su vida al batir al francés Dorian Godon y al mismísimo Evenepoel.
Había que ver, finalizada la etapa, a Iniesta. Estaba en la puerta del autocar de su equipo. A ciclista que llegaba, le mostraba la grabación de los metros finales, de cómo su chaval Gilmore, 24 años, salía de la nada, de forma inesperada, hacía el esprint mágico y sorprendía a la Volta.
Iniesta disfrutaba, como lo hizo montado en el coche de Óscar Guerrero, el técnico navarro del NSN, para seguir las últimas vueltas por el circuito de Montjuïc, coincidente en algunos tramos con la fase final de las dos primeras etapas del Tour. Descubría el ciclismo, en su interior, como copiloto en el vehículo de equipo, que parece la cabina de un avión de tanto trasto informático que lleva.
No quiso hacer toda la etapa y prefirió acomodarse en el interior del bus de su conjunto, con la tele encendida, con ciclistas del NSN, como de tantos otros equipos, que se retiraban antes de acabar el recorrido de la Volta -hubo 13 abandonos, algo habitual todos los años-.
Allí le explicaban la táctica, la colocación en el pelotón, cómo se domaba el viento, que molestaba un poco a los corredores. Hasta que llegó el aviso, el momento de subirse al coche de Guerrero y hacer los últimos kilómetros de la etapa con el tiempo justo de oír los gritos de los auxiliares, chillidos de felicidad porque habían ‘campeonado’.
Fue llegar y besar el santo, y eso que Ethan Vernon ya le dio un triunfo al apuntarse la etapa de Camprodon, la que tuvo que recortarse por el viento huracanado de Vallter antes de que Vingegaard comenzara con el festival particular camino de su victoria en la Volta, la segunda ronda por etapas que se anota este año después de la París-Niza.
Delgado -no se conocían, pero se saludaron como si fueran amigos de toda la vida-, le cursó la invitación para que se uniera la mañana del 4 de julio al elenco de viejas glorias que hará el recorrido de la contrarreloj por equipos horas antes que los protagonistas del Tour por las mismas calles de Barcelona con fines solidarios, para dar contenido a la lucha contra la enfermedad de Dent, extraña dolencia que afecta a Nacho, pero que gracias al empeño de su madre, Eva Giménez y su pasión por la bici, ha conseguido recaudar tantos fondos que parece que ya hay una medicina que puede empezar a hacer milagros.
Viejas glorias como Miguel Induráin, Purito, por supuesto Delgado, y muchos más que se están sumando a la causa darán un brillante inicio como teloneros de un Tour. Falta que Iniesta se una a la tropa, pero le gustó la idea.
Porque Iniesta ya no sólo es el patrón del NSN sino un cicloturista que empieza a expulsar la adrenalina que se expulsa cuando se monta en bici, más allá de las emociones pasadas moviendo el balón con maestría o marcando el gol de los goles en Sudáfrica hace 16 años.
Quizá, dentro de menos de 100 días, cuando Barcelona se vuelva a vestir con el uniforme ciclista, el NSN no lo tendrá fácil en una contrarreloj por equipos donde el UAE de Pogacar y el Red Bull de Evenepoel se erigen como buenos candidatos a la victoria a tres meses vista y una segunda etapa en la que Mathieu van der Poel se querrá quitar la carbonilla de la cara.
“Es genial ganar cuando Iniesta está por aquí”, fue lo primero que dijo un sonriente Gilmore después de certificar la victoria. Iniesta, no sólo vio el triunfo de uno de los suyos, sino que captó desde el coche las imágenes de la afición que se reunió en las laderas y en la meta de Montjuïc, mucho más que en ocasiones anteriores porque en el ambiente, como en algunas pancartas, ya se respiraba el aire del Tour. No hay que cansarse de repetirlo, y por si lo lee también Iniesta, Barcelona será una locura y cualquier cálculo en miles de personas ahora puede quedarse corto.
Vingegaard, por su lado, fue a lo suyo, a no arriesgar más de la cuenta, controlar a algún fogonazo de sus principales rivales, a ver desde la barrera los ataques de Marc Soler, que no sabe estarse quieto, y a disfrutar de una victoria anticipada mientras captaba detalles del territorio de cara al Tour, donde Pogacar se lo pondrá algo -sólo algo- más complicado que los buenos rivales que ha tenido en la Volta.
Suscríbete para seguir leyendo
