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Esos locos bajitos

Según un reciente estudio, la mitad de los españoles se confiesa católico, de ahí que no parezca extraño que medio país jamás pise una iglesia ni para resguardarse de la lluvia. Más insólito resulta que, de esos millones que se dicen creyentes, apenas un quince por ciento acuda a misa. Tras el cisma de Lutero, la siguiente deserción masiva de fieles se produjo -con toda justicia- en los setenta del siglo pasado cuando, pertrechados de una guitarra española, centenares de imitadores de María Ostiz desembarcaron en las parroquias entonando canciones que, más que al cielo, te trasladaban a una protesta minera en Asturias. Según san Agustín, quien canta reza dos veces, pero eso lo dijo antes de que se compusieran «Tan cerca de mí» o «Vienen con alegría». Sin embargo, un peligro mayor amenaza hoy con vaciar los templos de manera irreversible: lactantes y preescolares dando el coñazo en misa los domingos y fiestas de guardar.

Con la aquiescencia cómplice y silente de padres y párrocos, una turba de infantes ha convertido la iglesia en un parque de atracciones del que hasta los mercaderes del Templo huirían por ruidoso. Es cierto que Jesús dijo «dejad que los niños se acerquen a mí», pero nadie habló de que tuviera que ser a voces. Llantos, gritos, carreras, conatos de partidos de baloncesto con la pila bautismal como canasta, y hasta competiciones de coches teledirigidos por las naves del templo hacen que más que oír la palabra de Dios sólo podamos intuirla. Está visto que, como dice el Evangelio de san Mateo, si quieres orar debes entrar en tu habitación y cerrar la puerta. Cómo será la cosa que en un barrio de la capital una discoteca aledaña a la parroquia ha denunciado al Obispado por contaminación acústica. Habrá quien diga que hay que inculcarles la fe desde pequeñitos, pero dudo que a los imberbes les apasione la profecía de Sofonías o entiendan el misterio de la Santísima Trinidad. No obstante, si para quienes no han cumplido los cuatro años su mejor plan de domingo es ir a misa de doce, quizás fuera bueno adaptar las lecturas al futuro que les espera. Así, a los siempre mal avenidos hermanos Domínguez no les vendría mal conocer, por si acaso, la historia de Caín y Abel, y al ya lujurioso Ricardito debiera ocultársele la parábola del hijo pródigo, no vaya a ser que, seguro del perdón, dilapide la herencia con el fornicio. Mayor riesgo corre la atractiva mamá de Palomita, que anda preocupada desde que un domingo escuchara en la primera lectura del libro del Deuteronomio que «si sorprenden a uno acostado con una mujer casada, los dos deben morir».

La semana pasada me hicieron un simpático cuestionario para la hoja parroquial. A la pregunta de cuál era el momento de la misa que más me gustaba, no sin pensarlo mucho, respondí que cuando oigo al sacerdote decir «podéis ir en paz». Menos dudas me planteó la interrogante acerca de mi personaje bíblico preferido. Sin dudarlo, contesté: «Herodes».

*Abogado

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