Hay viajes que no son solo geográficos, sino profundamente interiores. Mi reciente visita a Santiago del Estero fue uno de esos. Fui con agenda, reuniones y compromisos institucionales, pero regresé con algo mucho más valioso: una historia que me atravesó el alma y que hoy siento la necesidad de compartir.
En esa tierra cálida, profunda, donde la historia argentina respira en cada esquina, conocí más de cerca la vida de Mama Antula, María Antonia de Paz y Figueroa, recientemente proclamada la primera santa nacida en suelo argentino. Hasta ese momento, confieso, su nombre me resultaba familiar, pero distante. No imaginaba la dimensión humana, espiritual y social de su legado.
Caminar por Santiago del Estero es caminar por los orígenes. Allí, entre relatos de lugareños, visitas a espacios históricos y conversaciones sentidas, fui comprendiendo que Mama Antula no fue solo una mujer de fe, sino una verdadera revolucionaria del amor y la perseverancia. En pleno siglo XVIII, cuando ser mujer ya implicaba múltiples límites, ella decidió romperlos todos con una convicción inquebrantable.
Tras la expulsión de los jesuitas, cuando muchos creyeron que los Ejercicios Espirituales desaparecerían, Mama Antula caminó miles de kilómetros —literalmente a pie— para mantener viva esa obra espiritual. Cruzó provincias, enfrentó incomprensiones, prejuicios y rechazos, pero nunca claudicó. Lo hizo sin poder, sin cargos, sin recursos materiales. Solo con fe, coraje y una profunda vocación de servicio.
Mientras escuchaba su historia en Santiago, no podía dejar de pensar en cuántas veces hoy hablamos de dificultades, de contextos adversos, de límites. Y allí estaba ella, siglos atrás, mostrándonos que cuando el propósito es genuino, no hay obstáculo que detenga a quien decide servir a los demás.
Su canonización no es solo un acontecimiento religioso. Es un hecho cultural, histórico y profundamente argentino. Mama Antula nos interpela como sociedad: nos habla de compromiso, de coherencia entre lo que se cree y lo que se hace, de ponerse al servicio del otro sin esperar reconocimiento.
Volví de Santiago del Estero distinto. Conmovido. Orgulloso de que nuestra patria haya dado una mujer así al mundo. En tiempos donde tantas veces buscamos referentes afuera, descubrir —o redescubrir— a Mama Antula es reencontrarnos con lo mejor de nuestra identidad.
Hoy, desde Villa Carlos Paz, siento que contar su historia también es una forma de honrarla. Porque los santos no son figuras lejanas: son personas que, con sus acciones, siguen iluminando nuestro presente.
Y Mama Antula, sin dudas, lo hace.
