Reza Pahlaví, hijo del último shah de Persia, Mohammad Reza Pahlaví, pisó su Irán natal por última vez cuando tenía 17 años, en 1978. Lo abandonó no por la Revolución Islámica de un año después, que acabó con el régimen represivo de partido único de su padre, sino para completar un programa de adiestramiento en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. El Irán monárquico e imperial era un aliado estrecho de Occidente.
Pero, tras meses de protestas, gobiernos fallidos y una huida apresurada del último shah, todo cambió. Los clérigos tomaron el poder, el ayatolá Jomeini volvió de su exilio, derrocó el imperio e instauró la República Islámica. El shah murió apenas un año después, en Egipto, y desde 1980 Reza Pahlaví hijo, afincado en EEUU, es el príncipe heredero de un país que no existe.
Desde entonces, su figura ha sido controvertida. Durante las dos últimas décadas, Reza Pahlaví, de 65 años, ha tenido una agenda ultraconservadora, muy próxima al Gobierno israelí de Binyamín Netanyahu, y muy beligerante contra otras figuras de la oposición y disidencia iraní en el exilio, dividida y enfrontada tras años de persecución y represión.
Sus vaivenes se han convertido en carne de cañón en las redes sociales iraníes: en pocas semanas, Pahlaví ha cambiado varias veces de opinión, pidiendo a Israel y EEUU que intervenga y ataque Irán —así lo pidió en junio de este año durante la guerra de 12 días, por ejemplo, cuando dijo que aceptaba el precio a pagar, ya que algunos civiles podrían morir por los bombardeos israelíes—, para luego asegurar que el poder no se puede cambiar a través de intervenciones extranjeras.
Esta semana también ha exhortado al presidente estadounidense, Donald Trump, a intervenir en Irán «de la misma forma» en la que lo ha hecho en Venezuela. «Estoy preparando mi retorno a nuestra patria para poder estar a vuestro lado en el día de la victoria de nuestra revolución nacional. Creo que ese día está cerca», ha dicho Pahlaví este sábado en sus redes sociales.
Una popularidad retomada
El hijo del último shah era visto con un enorme desdén en los últimos años, tanto por iraníes en el exterior —que le acusaban de ser demasiado conservador y cercano a los designios y órdenes de Israel y EEUU— como por iraníes dentro del país persa. Muchos recuerdan aún los últimos años de violencia política y represión del régimen de su padre, además de los desprecios en entrevistas recientes de Pahlaví hijo, en los que llegó a asegurar: «Todos mis amigos están en Estados Unidos. ¿Por qué iba a volver yo a Irán?».
Pero todo ha cambiado en la última semana. El príncipe se ha convertido en la única figura visible de la oposición capaz de llamar a las protestas y conseguir resultados. Su reputación, ante la enorme decadencia de un liderazgo iraní derrotado militarmente por Israel y responsable de una economía corroída por la corrupción y en completa caída libre, se ha visto reforzada.
Por primera vez en décadas, manifestantes en Irán claman por la «¡muerte al dictador!», en referencia al líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí, mientras lanzan proclamas en favor del shah.
«Gracias a una entrada de dinero significativa y a la renovación de su imagen, las posibilidades del expríncipe heredero han mejorado, lo que lo ha situado en una posición destacada entre las figuras de la oposición en la diáspora. También internamente, la desesperación de algunos iraníes por un redentor ha reavivado la nostalgia de otro shah que rescató al país de la ruina, como lo hizo su abuelo en la década de 1920″, escribe Ali Vaez, miembro del ‘think tank’ internacional Crisis Group.
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