Pedro Jorge Solans (Escritor, periodista y editor)
Hay historias que no necesitan largas biografías para conmover: basta una carta, unas pocas frases que se clavan como aguijones en la memoria. Esa es la materia prima de un ensayo íntimo y revelador que indaga en la orfandad simbólica y en cómo el dolor heredado puede modelar la identidad.
El texto parte de un hallazgo literario: una carta en segunda persona que interpela con ternura y dureza a un hombre que siempre se narró como huérfano, aunque en verdad lo que cargaba era el duelo inconcluso de generaciones. La voz epistolar no juzga: observa, abraza, pone palabras donde otros solo habrían callado.
La orfandad como herencia
El protagonista no fue huérfano en términos legales, pero sí en lo emocional. Su padre, el verdadero huérfano, creció entre ausencias y silencios. Esa herida pasó de generación en generación, transmitida como un eco más fuerte que cualquier herencia material. Así, el hijo heredó no bienes ni tierras, sino una manera de habitar el mundo con desconfianza y soledad.
Casas vacías, hoteles llenos
La frase “mejor un hotel, decís. La casa no, por lo que representa” condensa todo el drama. El hogar, símbolo de permanencia y afecto, se percibe como amenaza. El hotel, en cambio, garantiza anonimato y huida: habitaciones sin historia, puertas que se abren y se cierran sin compromisos. En esa metáfora se resume una vida de vínculos frágiles y huidas constantes.
La historia real
Detrás de esta construcción simbólica hay una genealogía marcada por la tragedia. El abuelo inmigrante que deja su tierra, la joven esposa que muere en un parto, el padre que queda huérfano a los ocho años y muere joven, dejando nuevamente hijos desamparados. Un linaje atravesado por la pérdida, que se encarna en un adolescente enviado a un internado y que aprende a sobrevivir desconfiando de todo afecto duradero.
Sanar lo heredado
El ensayo concluye que estas heridas no resueltas condicionan la libertad del presente: “esas heridas, aunque viejas, si no sanan, joden. Y te quitan libertad”. Reconocerlo es el primer paso hacia la sanación. La literatura, incluso en forma de carta, tiene la capacidad de poner nombre al dolor y volverlo trabajable.
Lo que emerge no es solo el retrato de un individuo, sino una reflexión universal: todos cargamos historias heredadas que moldean nuestro modo de amar, de huir, de quedarnos. El desafío es decidir si seguimos siendo rehenes de ese legado o si, al nombrarlo, empezamos a escribir otra historia.