La reconocida directora y escritora argentina explora la naturaleza del cine como artefacto vivo, planteando interrogantes sobre su relación con el espectador y la realidad.
El cine, como todas las artes, tiene como fin último llegar al espectador. No importa si son más o menos espectadores, más o menos de nicho, más o menos avisados en el arte de ver y deglutir imágenes o relatos audiovisuales. El cine se hace para unos expectantes humanos dispuestos a ser atravesados e invadidos por las sombras y los destellos que esa fantasía escupe con convicción hace ya más de un siglo.
En su nuevo libro, Albertina Carri se pregunta qué sueña la máquina de hacer sueños. A lo largo de sus páginas, presenta conjeturas de varias décadas, aunque aclara que no ofrece respuestas definitivas. En cambio, abundan los interrogantes: ¿Hasta dónde estamos contaminados por la máquina y hasta dónde ella nos contamina a nosotros? ¿Es un asunto de lenguaje o es una cuestión de cognición? Para Carri, no hay respuestas para esta máquina espiritual que es el cine, una experiencia del orden de lo profano a la vez que de lo sagrado.
La autora comparte una anécdota personal: mientras buscaba material de archivo fílmico, un archivista le alcanzó una lata con imágenes del Chaco que no estaban borradas, sino comidas por los hongos. Al ver esa copia corroída, describe un baile de manchas que ningún realizador podría haber filmado. «Los hongos habían armado una nueva constelación y escupían colores», relata. La experiencia la llevó a exclamar «esto es el cine puro».
Sin embargo, al reflexionar sobre movimientos como el Cinéma Pur francés, que buscaba la pureza en el ritmo y la composición, Carri concluye que lo puro en el arte cinematográfico no existe; el resultado siempre es impuro, una consecuencia de una mezcla de voluntades y de azar.
