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Un veneno silencioso

El viejo veneno del racismo sigue vivo y plenamente activo en todas las sociedades, países y regiones del mundo, denuncia António Guterres, Secretario General de Naciones Unidas, seis décadas después de que la Asamblea General proclamara el 21 de marzo como el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. La efeméride nos sitúa ante un espejo incómodo, rinde tributo a las víctimas de la masacre de Sharpeville (1960) en Sudáfrica pero, sobre todo, denuncia la persistencia de un veneno que ha mutado para sobrevivir en la era digital: el racismo y la xenofobia.

A pesar de los avances legislativos, las cifras recientes en España dibujan un panorama de contrastes. Según el último informe del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, solo en los primeros diez meses de 2025 se detectaron más de 740.000 contenidos de odio en redes sociales, una cifra que evidencia cómo el entorno digital se ha convertido en el principal caldo de cultivo para la intolerancia. Paradójicamente, mientras el Ministerio del Interior reportó un descenso del 13,8% en los incidentes de odio denunciados durante 2024, la percepción de las víctimas cuenta una historia distinta. El informe «El impacto del racismo en España» revela que el número de personas que afirma haber sufrido discriminación por su color de piel o rasgos étnicos creció del 55% al 61% en el último periodo analizado. El racismo no siempre se manifiesta con violencia física; a menudo actúa como un gas invisible que impregna las estructuras sociales. Las mil caras de la exclusión se manifiestan, por ejemplo, en el rechazo sistemático a alquilar inmuebles a personas por su origen o en la brecha laboral.

Pasando de la retórica a la acción política, la Comisión Europea ha marcado esta jornada con la presentación de su Estrategia Antirracista 2026-2030, buscando convertir las declaraciones de principios en cambios tangibles en la vida cotidiana de los ciudadanos. En España, colectivos como la Comisión Española de Ayuda al Refugiado mantienen activa la campaña «Alza la Voz», recordando que la neutralidad ante la injusticia es, en la práctica, una forma de complicidad. El racismo no es un fenómeno meteorológico inevitable; es una construcción social que se alimenta del miedo y el desconocimiento. En este aniversario, el mensaje de las instituciones internacionales es claro: no basta con no ser racista, es imperativo ser activamente antirracista. La «voluntad política» que reclama la ONU este año no solo apela a los gobiernos, sino a la responsabilidad individual de cada ciudadano para neutralizar el veneno de la intolerancia en su entorno más inmediato, pues la globalización nos ha forzado a la cercanía. Cada vez más ciudades son laboratorios vivientes donde la diversidad es el paisaje cotidiano. Pero proximidad no siempre significa integración. El auge de movimientos polarizadores demuestra que el miedo al «otro» sigue siendo un motor político potente.

Las fronteras invisibles construidas sobre el color de piel, el acento o el credo parecen, en ocasiones, más rígidas que nunca. La convivencia intercultural no es ya una aspiración romántica o un ideal de manual escolar; en el siglo XXI es la única estrategia de supervivencia para una especie que habita un planeta interconectado. La convivencia es la última frontera de la globalización.

*Abogado y mediador

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