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Cunas mudas

Hay catástrofes que no comparecen con el estruendo de las guerras ni con la liturgia fúnebre de las banderas a media asta. Llegan en silencio, con calefacción, nevera llena y buena educación; llegan como llega el polvo a las casas donde ya nadie aguarda el llanto de un recién nacido. España se está quedando sin hijos de ese modo discreto y pulcro con que las civilizaciones empiezan a suicidarse. No hablamos sólo de una caída demográfica, de una curva que desciende o de un guarismo que alarma a los estadísticos. Hablamos de una renuncia más honda: la de un pueblo que empieza a dudar de que su vida merezca ser continuada.

Durante siglos, engendrar fue una forma humilde de plantarle cara a la muerte. El hombre sabía que no vencería al sepulcro, pero al menos entregaba una antorcha: una lengua, una memoria, una mesa compartida, una fe, una manera de mirar el mundo y de padecerlo. Tener hijos era aceptar que no éramos remate, sino eslabón; no posada, sino puente. Hoy, en cambio, hemos entronizado una moral de la comodidad que llama prudencia a la defección. Un hijo interrumpe, encarece, roba tiempo, compromete; y así, poco a poco, hemos llegado a considerar la fecundidad como una grosería contra el bienestar, como si la vida verdadera pudiera brotar sin desvelo, sin pobreza compartida, sin renuncia.

Sería inicuo, sin embargo, culpar solo a los jóvenes. ¿Cómo pedirles permanencia si los hemos educado en la provisionalidad? ¿Cómo exigirles un hogar cuando apenas pueden pagar un techo? Se les predica la autorrealización, pero se les niega toda obra duradera; se les promete libertad, pero reducida a no deber nada a nadie; se les enseña a sospechar de todo vínculo, como si sacrificarse por otro fuese una humillación y no la forma más alta del amor. Después nos escandaliza que no quieran traer hijos al mundo, cuando antes les hemos enseñado a venerar su comodidad como a un dios doméstico.

Pero la herida no es solo económica. Es espiritual. Un país deja de tener hijos cuando empieza a considerar que nada de lo recibido merece transmisión. Quien no desea herederos acaso hace tiempo que dejó de sentirse heredero. Y entonces la patria ya no es una cadena viva de generaciones, sino un hotel de paso, un mercado de consumidores solitarios, una sala de espera donde nadie quiere legar nada porque ya nada juzga sagrado.

Entretanto proliferan los sucedáneos: mascotas investidas de descendencia, afectos reversibles, entusiasmos de temporada, subsidios que remiendan con burocracia lo que antes sostenían la esperanza, el deber y la gratitud. Pero la vida no nace de los decretos. Nace de la esperanza. Y quizá el invierno demográfico no empiece en los vientres, sino en las almas, allí donde una nación, sin atreverse a decirlo, ha comenzado ya a desistir de sí misma. Porque el vientre se vacía mucho antes en la conciencia que en la carne, y toda esterilidad empieza cuando se pierde la fe.

*Mediador y escritor

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