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La resistencia se acaba: Cuba no es Numancia

Reinaldo Arenas falleció en Nueva York en 1990, una década después de haber abandonado Cuba. Un año más tarde, y a modo de venganza se publicó su novela póstuma, ‘El color del verano’. La historia es esta: durante un verano ficticio se festejan los 50 años en el poder de un gobernante anciano y enloquecido llamado Fifo. En medio de un delirio carnavalesco la isla se desprende de su plataforma. Fisuras gigantescas comienzan a separar barrios y provincias. Hombres y mujeres, muchos disfrazados, bailan y gritan mientras el agua los deglute. La tierra se inclina, miles resbalan hacia el océano. Lo que queda de la isla deriva sin rumbo. El naufragio es inevitable. Treinta y seis años más tarde, en pleno invierno caribeño, frío como pocas veces, Cuba se mira en el espejo paroxístico de aquel Arenas. La tormenta era «casi perfecta», y en eso no llegó Fidel, como dice una vieja canción festiva de Carlos Puebla que proclamaba el fin de la «diversión», sino Donald Trump. El augurio de una pronta «caída» de La Habana después de la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela ha acentuado en los cubanos la sensación de inminencia. Algo sucedería en 2026. ¿Pero qué?

El descabezamiento de Nicolás Maduro tuvo una motivación clara: el petróleo, que Cuba no posee, sino que necesita como el aire, y no tiene dinero para abastecerse. A partir del «secuestro» del «presidente obrero» por las fuerzas especiales norteamericanas, el 3 de enero, el magnate republicano se permitió una ristra de definiciones intimidatorias: Cuba, dijo, es un «estado fallido» que pertenece al «tercer mundo en el peor de los sentidos», por lo que sus autoridades deberían llegar a un acuerdo con Washington «antes de que sea tarde». Más que un acuerdo parece tratarse de un llamamiento a la capitulación.

¿Punto de inflexión?

Si bien existe una enemistad de décadas entre la isla y EEUU, nunca como antes se habían dado las condiciones materiales y políticas para que el antiguo sueño del cambio de régimen tuviera lugar. Y ese parece ser un interés mayor en Marco Rubio, el secretario de Estado e hijo de inmigrantes cubanos que hasta el último momento de sus vidas anhelaron un ajuste de cuentas con el pasado, aunque ese pasado se haya esfumado por completo. El castrismo histórico no existe hace tiempo: es apenas un parque temático y una unidad de negocios familiares y militares. Eso es irrelevante a los efectos de las expectativas de un Trump que hasta se permitió una broma macabra y en su red Truth Social celebró la ocurrencia de un seguidor que presagiaba una futura presidencia cubana del propio Rubio. Trump quiere ser el profeta de un derrumbe o una negociación tan humillante como irreversible. El multimillonario es alentado por su secretario de Estado y el enviado especial de la Casa Blanca para América Latina, Claver Carone, otro hijo de inmigrante. No casualmente ambos son conocidos como «los cubanitos».

El poscastrismo, encabezado por un gris Miguel Díaz-Canel, enfrenta esos peligros en medio de un PIB que ha caído tres años seguidos, el peor momento de la agricultura, la escasez y los apagones que agudizan el deseo de huir como lo han hecho más de un millón de cubanos. El economista Pedro Monreal advierte que ante la ausencia por ahora de una solución diplomática, la interrupción forzada por EEUU de las importaciones de combustibles de Cuba empeoraría considerablemente la disponibilidad de energía. La isla tendría menos luz que durante el «período especial», como se conocieron los años que siguieron al desplome de la URSS, en 1991. La Embajada de Estados Unidos en La Habana emitió una alerta de seguridad debido a que la red eléctrica nacional «es cada vez más inestable». El secretario general de la Organización de Naciones Unidas, Antonio Guterres, alertó sobre el riesgo de un «colapso» humanitario si Cuba deja de recibir crudo.

Cuba numantina

«Sin azúcar no hay país», reza un viejo danzón, «El caballero de Paris». Es que Cuba nunca dejó de ser un país dependiente. Antes de la revolución dependía de aquellas ventas a Estados Unidos. Dependió luego del petróleo soviético y luego del venezolano. El peso de las sanciones económicas norteamericanas se sintió con mayor fuerza cada vez que esos flujos se interrumpieron. La falta de combustible no solo se ensaña con los hogares y comercios: golpea la recién iniciada zafra azucarera. El transporte estatal de pasajeros cayó un 93% entre enero y septiembre de 2025.

Cuando en 1991, en coincidencia con la publicación de la novela de Arenas, la isla inició su deriva, se comparó su situación con la de Numancia. De repente afloró la analogía con aquella ciudad celtíbera cercana a Soria que decidió no rendirse ante la República Romana en el siglo II de la presente era. El desafío se extendió por 20 años. El general Escipión Emiliano sitió la ciudad con miles de hombres. Construyó murallas y fosos para aislarla. Tras 15 meses de asedio y hambre extrema, los numantinos prefirieron el suicidio colectivo antes que rendirse. Los cubanos no quieren ser numantinos y a estas alturas la llamada a no doblegarse de las autoridades ha dejado de tener el peso de otros tiempos épicos. «Si tener patria es un delito internacional, pues henos aquí. En el mundo de las víctimas de Estados Unidos, Cuba es una víctima, sí, pero no pasiva, sino una víctima en resistencia. Cuando se dice resistencia, uno no se refiere solamente a aguantar cuanto embate se reciba, sino a atreverse a proponer dignidades, muy a pesar de tantas soledades y cobardías», dijo no obstante ‘Granma’, el órgano oficial del Partido Comunista, días atrás.

Mano dura

Las arengas del Estado chocan contra un muro de realidad que excede la agresividad trumpista. Tiene que ver con el aumento de las desigualdades y la pobreza, el resurgimiento de enfermedades erradicadas y un cansancio colectivo que se expande a través del ecosistema digital. Los discursos oficiales han perdido pregnancia de manera brutal. El estallido de julio de 2021 no solo hizo visible ese hartazgo. La histórica polarización «castrismo/anticastrismo» pertenece a los días analógicos. Las disidencias son múltiples y circulan especialmente a través de los más de siete millones de teléfonos inteligentes. El conducto virtual es indiferente a las disyuntivas del pasado que se resumían en la consigna «Patria o muerte». La Universidad de las Artes (ISA) acaba de expulsar al profesor Roberto Viña Martínez por sostener en un post en Facebook que el concepto de «soberanía» ha sido vaciado de contenido.

Las impugnaciones en foros, mensajes, audios y redes sociales no tienen todavía la capacidad de hacerse sentir en la calle y acorralar al poder político. La represión se ha intensificado después del 11J. Cuba tenía una población de 11,33 millones en 2020. En la actualidad es de 9,3 millones debido al enorme éxodo. De acuerdo con Prisioners Defenders la tasa de población carcelaria arroja la cifra de 923 presos por cada 100.000 habitantes (7,6 veces la de España o 1,7 veces la de Estados Unidos).

Si algo conocen «los cubanitos» Rubio y Carone es la situación de debilidad objetiva de la actual dirigencia cubana. Rafael Hernández es un reconocido historiador de los vínculos entre la isla y EEUU y, además, referencia intelectual para acercarse a los posibles escenarios de una confrontación que en 2014, cuando Barack Obama pisó La Habana y los Rolling Stones se presentaron al aire libre como signo de una nueva normalidad, parecía difícil de reanudarse. Según Hernández adjudicarle a la relación con Washington el papel clave «en la solución de nuestros problemas» asume como premisa «que Cuba se está derrumbando y tendría que agarrarse a un clavo ardiendo«. En ese sentido subrayó: seguir asociando las reformas y su implementación con el manejo «pragmático» de las relaciones con el gran vecino «no solo ignora las causas del deterioro» de esas relaciones, «sino que confunde los términos de nuestros problemas». Dicho de otra manera: el bloqueo norteamericano está lejos de explicar la ruina económica. Es fruto también de decisiones internas, y en muchos casos disparatados, como la edificación de hoteles de lujo suntuario en medio de la pandemia. El llamado «ordenamiento económico» tuvo resultados desastrosos. Los ministros caen como castillos de naipes en la arena. Alejandro Gil Fernández, quien la manejo la economía al arbitrio, fue condenado en diciembre pasado por «traición a la patria». Ni siquiera su amigo Díaz-Canel se dio cuenta. La figura del «traidor» siempre aparece con los trasfondos caóticos. Es otro recurso desgastado e inútil.  El viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, admitió que el Gobierno tiene «opciones limitadas» para enfrentar a Trump y que se avecina otro «proceso de reorganización» de la economía que no es «sencillo», ya que es «algo muy difícil para la gestión y la población» en general. «Nos va a costar mucho trabajo».

Lo que se dice y se hace

La distancia entre la letra escrita y los hechos ha sido una constante en la mayor de las Antillas. La Constitución de 2019 abandonó explícitamente el horizonte del comunismo y definió al país como un «Estado socialista de derecho». Incorporó derechos demandados, sin renunciar al monopolio del partido único y los mecanismos de control de la sociedad civil. El entonces octogenario Raúl Castro fue el principal impulsor de la «actualización del modelo económico» en 2011. Poco se avanzó, y mal. Hubo resistencias, trabas y contramarchas. Se sigue apostando al turismo. El sector ha tenido una caída del 25% en 2025. El mercado interno no se dinamiza a través de la producción sino de las remesas, que, pese a las restricciones de Trump, ascendieron el año pasado a unos 1.800 millones de euros. El 37% de los hogares reciben ayudas de sus familiares en el exterior.

«¿Cabe la reforma económica en el concepto de ‘cambiar todo lo que debe ser cambiado’?», se preguntó el economista Daniel Torralbas. Al momento en que Trump avisó de que iba por todo, seguían sin saldarse los debates sobre el futuro. ¿Es viable una apertura como la china? ¿Y la renovación vietnamita, conocida como Doi Moi, que transformó a un país devastado por la guerra en un exportador mundial de arroz, café y productos manufacturados? Los debates sobre el papel del Estado, la estabilidad macroeconómica, la transformación productiva y el fomento de un sector privado nacional que, más temprano que tarde, podría reclamar una representación política, no llegaron a otro puerto que el de la frustración. Una reforma requiere, por otra parte, tiempo. ¿Lo tiene la isla? ¿Juega el reloj a favor de un nuevo intento de cambiar para que nada cambie? Las calles no se ocupan para protestar, pero dejan saber de rumores: el coronel Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl y sobrino de Fidel, se encuentra negociando con EEUU una salida decorosa que evite el desmoronamiento completo. «El socialismo es democrático o no es socialismo», señaló el portal ‘La Joven Cuba’. La soberanía, por otra parte, «es una condición política concreta que se ejerce o se pierde. No existe compatibilidad posible entre un proyecto soberano de país y cualquier forma de anexión o sumisión a intereses externos». Toda fórmula que traslade a actores extranjeros el control de áreas centrales de la nación «compromete seriamente la posibilidad de construir el proyecto propio».

Los cubanos esperan en penumbras saber qué novedades llegan desde fuera. Por ahora tienen novedades de Corea del Norte y China. Han donado miles de toneladas de arroz para mitigar la inseguridad alimentaria.

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