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Un cambio dramático en el escenario político

Pedirle consejos operativos y financieros al menemismo mientras se pretendía encarnar la mismísima purificación de la política, pudo no haber sido una buena idea. Pero admitamos, al menos, que Carlos Menem tenía abierta día y noche una sala de enfermería para los heridos que dejaba: no quería que pasara la ambulancia de los opositores a recoger a sus víctimas y las convirtiera en vengativos cruzados contra su causa. Tampoco era tan amateur como para aceptar que sus enemigos futuros le llenaran amablemente las listas y los equipos con allegados y excolaboradores de doble o triple fidelidad: el oficialismo parece hoy embarazado de topos y traidores inminentes. A eso se agrega que la estrategia de “tabula rasa”, manejada a la bartola, funciona como radiador –se le pegan todos los bichos-, y como poderoso imán para ignorantes, oportunistas y granujas: piratería política con lo peor de cada casa, ralea de mercenarios con patente de corso que, para homenajear a Jorge Asís, tienen tendencia a conformar un “fenómeno recaudatorio”. Sumemos ahora un rasgo distintivo: el outsider posee una rara emocionalidad, se fanatiza con ideas y con caras recién conocidas, y le encantan los lúmpenes que lo adulan; los avasalla con sus monólogos, comparte con ellos secretos de chat y de sobremesa, y al mínimo contratiempo o rabieta, él y su hermana los echan del paraíso a patadas, e incluso ordenan a veces humillarlos a través de la prensa afín o de sus “tanques” digitales. Amistades fulminantes y enemistades bruscas, y en el medio testigos de trastiendas y trapicheos que van juntando bilis e información clasificada: bombas de tiempo. Esta sociología del poder se completa con que al Presidente lo aburre la política, con que no tiene a un árbitro empoderado y por encima de todos que administre al menos las internas dañinas, y también con su insólito empeño por pisotear aliados y plantarles en el territorio a francotiradores violetas para atacar impiadosamente a gobernadores e intendentes que le han tendido la mano: sobreestimando su potencia y subestimando la fuerza de los demás, ha transformado así a pacíficos y amigables en hostiles, con las consecuencias legislativas y electorales que eso implica. La Libertad Avanza es una impresionante factoría de enemigos externos y también intestinos, puesto que sus dos líderes han sido también muy mal pagadores con su propia guardia pretoriana de las redes, donde hoy se mastica bronca y riesgoso desencanto. Allí anidaba, además, la pringosa idea de que la insensibilidad social se había puesto de moda, que la motosierra resultaba hasta graciosa y podía mutilar a cualquiera, y que por lo tanto perjudicar a los jubilados, a los discapacitados y a los médicos del Garrahan era cool y gratuito: la sociedad había experimentado un irreversible cambio cultural y estaba alineada con esas carnicerías indiscriminadas y sin anestesia. Se equivocaban. El daño de esas acciones aparece claramente en los sondeos más serios: lo contrario del buenismo demagógico de antaño no es la crueldad sino la eficiencia pragmática, el cuidado humano y la sensatez. Ahora una gran mayoría da por descontado, sin necesidad de una mínima prueba jurídica y viendo a los mileístas actuar como culpables, que mientras acusaban a todos de ensobrados los propios se ensobraban con presunto dinero destinado a la discapacidad. Y que los adalides de la anticasta posiblemente “robaban para la corona” y para los duques y condes del reino. “Unión por la plata”, dijo la senadora kirchnerista Anabel Fernández Sagasti describiendo a su bloque. “Están molestos porque les estamos afanando los choreos”, le respondió imaginariamente Javier Milei. El impúdico show del inconsciente ante la vista de cualquiera.


La estrategia de “tabula rasa”, manejada a la bartola, funciona como radiador –se le pegan todos los bichos-, y como poderoso imán para ignorantes, oportunistas y granujas


Esta nueva indignación sería mucho más controlada si no se diera en un contexto de estancamiento, donde se va descubriendo a la vez que los “econochantas” no chanteaban tanto como parecía: hasta miembros del “mejor equipo económico de la historia” deslizan en off the record que Milei les impuso medidas equivocadas, y es evidente que las secuelas tienen muy preocupados a los técnicos, furiosos a los bancos y asustadísimos a los mismos empresarios que hasta hace unos meses no consideraban a Milei un aprendiz de brujo sino un candidato firme al premio Nobel. Tanto las encuestas de imagen, los índices de confianza y el riesgo país, como la opinión hoy alarmada de especialistas hasta hace poco muy optimistas con la mecánica y el rumbo, exhiben un problema concreto que no pueden disimular contabilidades creativas, diatribas de atril o streaming, ni balandronadas de panel.


Las secuelas tienen muy preocupados a los técnicos, furiosos a los bancos y asustadísimos a los mismos empresarios que hasta hace unos meses no consideraban a Milei un aprendiz de brujo sino un candidato firme al premio Nobel


El avión de los libertarios, lleno de principiantes y de ignotos, tenía mal pronóstico antes del despegue; objetivamente no parecía reunir las condiciones para un viaje eficaz, pero timoneado por un piloto audaz y ayudado por algunos pocos experimentados arrancó y planeó mucho mejor de lo que se esperaba: ahora sin embargo flota a los bandazos, perdiendo fuselaje y combustible, y demostrando que a veces lo que parece es lo que es, y que por eso mismo necesita otra tripulación y una reconfiguración urgente del plan de vuelo. Todos estos factores modificaron dramáticamente el escenario político en el peor momento. Antes incluso de que llegue con sus vientos huracanados el segundo tiempo de esta gestión, se precisa un jefe verdadero que coordine toda la política y haga efectivo contralor de las cajas; un sistema de ventajas para los socios y adherentes de buena voluntad, sin el cual no hay estabilización ni reformas estructurales, y una baja sensible de la soberbia y de la agresividad pública, dado que los “simpáticos” odiadores se volvieron odiosos. La política de las pedradas que ejerció el kirchnerismo durante esta semana en distintos escenarios es deleznable, pero la violencia retórica y machacante de los libertarios, ejercida desde las más altas esferas institucionales, ha demostrado ser una colosal incitación a la ira: atizaron el fuego y ahora no será fácil apagarlo. Ese temperamento les hizo ganar las elecciones presidenciales, pero entraña riesgos no virtuales sino reales y seguirá dificultando la gobernabilidad. Para no perder la autoridad moral ni la económica, para barajar y dar de nuevo, deberán desarmar con cuidado el artefacto explosivo, monetario y preelectoral, que ellos mismos armaron, y hacer autocrítica general sin narcisismos, sea cual fuere el resultado de los comicios de medio término. Cambiar para no sucumbir. ¿Serán capaces?

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